ESTUDIOS BÍBLICOS

Por la Senda de la Cruz

 

  “Y llamando a la gente y a sus discípulos, les dijo:

Si alguno quiere venir en pos de mí,

Niéguese a sí mismo,

Y tome su cruz,

Y sígame”

Marcos 8:34

 

 

Seguir a Jesús al monte de la transfiguración y ser testigos de su gloria, acompañarlo en la multiplicación de los panes y los peces y ser objetos de su compasión, ir con él en su entrada triunfal en Jerusalén y ser partícipes de su realeza es agradable y aun deseable. Pero seguir a jesús en la agonía en Getzemaní y experimentar la angustia de su alma, estar con él ante el concilio y sentir el dolor de la injusticia, ir con él en su doloroso camino al Calvario y sufrir el desprecio de los hombres, y en el monte de la Calavera y participar de su completa soledad es más bien desagradable y poco deseable.

Sin embargo, la Biblia enseña categóricamente que la senda del discípulo es el camino del Maestro, las pisadas de Cristo la referencia del cristiano. Cabe, entonces hacernos la pregunta ¿Por qué senda estamos andando? o ¿Qué huellas estamos siguiendo? La respuesta a estas interrogantes queda de manifiesto cuando comparamos nuestra vida cristiana con las claras demandas de Cristo a sus seguidores. En Marcos 8:34 se pueden apreciar tres principios elementales que describen adecuadamente la senda que cada creyente ha de tomar. Esta no es otra que el camino de la cruz.

 

Es una senda de negación. “Niéguese a sí mismo”. La palabra griega (aperneomai) significa una negación absoluta, total. Esta fue la vida de Jesús mientras estuvo en la tierra, “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó así mismo...”

(Fil. 2:5-7). En más de una ocasión dijo que había venido para hacer la voluntad de su Padre. Y hasta en el momento de más angustia en su vida terrenal exclamó “Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc. 22:42). Esto es negación, esta es la senda marcada por el Maestro para cada uno de sus seguidores. Y esta es también la evidencia de una vida genuinamente entregada a Cristo, según el apóstol Juan “El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo” (1Jn. 2:6). Como se puede apreciar no hay opción. Cada verdadero creyente ha sido llamado a negarse así mismo. Esto implica renunciar a las exigencias del propio yo. Morir a los deseos, anhelos y demandas personales.

Sin duda este desafío del Señor Jesucristo a todo aquel que desea seguirle no es muy apreciado en el día de hoy, particularmente para una generación que vive en función de la satisfacción de sus propios anhelos y deseos personales. Esta generación hedonista que vive por y para el placer rechaza de plano caminar por la senda de la negación. Esta senda choca de frente con el camino trazado por los “especialistas” de la salud mental. Para ellos el verdadero problema del hombre consiste justamente en que se ha visto privado de satisfacer sus propios deseos y por ello manifiesta una pobre opinión de si mismo (falta de autoestima). Partiendo de esta premisa secular, humanista, egoísta y antibíblica “la iglesia” contemporánea ha creado una serie de “ministerios” al gusto del consumidor. Estos se caracterizan por ignorar el costo de seguir a cristo y enfatizar la solución a todos sus problemas, poniendo al hombre y sus necesidades en el centro y constituyendo a éste en la razón de ser de la iglesia de Cristo. Abominable herejía que es recibida por las personas como la panacea de este siglo. Los temas de las predicaciones se centran en las necesidades de la gente y no en la voluntad de Dios. En alimentar el egocentrismo y el orgullo y no en la verdadera necesidad de morir a uno mismo. En vivir para si mismo y no en vivir completamente por Cristo y para Cristo. ¡¡Que necedad más grande!! En el cielo toda la atención se centrará en Cristo no en el hombre como reza un himno de Samuel Rutherford

“No contempla la novia su vestido, sino el rostro de su amado;

No miraré yo a la gloria, sino a mi Rey de gracia lleno;

No a la corona que otorga él, sino a su horadada mano.

El Cordero es toda la gloria en la tierra de Emanuel”

Este hermano murió en 1661 repitiendo triunfante estas palabras “Toda la gloria en la tierra de Emanuel ¡Toda la gloria!

Aquellos que ponen al hombre en el centro de todo el quehacer de la iglesia seguramente entenderán que no tienen nada que hacer en el cielo puesto que allí todo se centrará en Cristo. El hombre no es más que polvo “Como nada son todas las naciones delante de él; y en su comparación serán estimadas en menos que nada, y que lo que no es” (Is. 40:17) y aun los más famosos y poderosos de esta tierra son nada delante del Señor “El convierte en nada a los poderosos, y a los que gobiernan la tierra hace como cosa vana. Como si nunca hubieran sido plantados, como si nunca hubieran sido sembrados, como si nunca su tronco hubiera tenido raíz en la tierra; tan pronto como sopla en ellos se secan, y el torbellino los lleva como hojarasca.” (Is. 40:23-24). El apóstol Pablo entendía muy bien esta realidad puesto que se designó así mismo como “el primero de los pecadores” (1 Ti. 1:15), un mísero hombre (Ro. 7:24), menos que el más pequeño de los santos (Ef. 3:8), también dijo que los llamados a servir al Señor eran “lo necio del mundo… lo débil del mundo… lo vil del mundo, lo menospreciado del mundo” (1 Co. 1:27-28). Así de insignificante es el ser humano ante la presencia de Dios. Cuan insensato es, entonces, poner al hombre en el centro de todas las cosas, y vivir para si mismo. Cuando el creyente tiene una visión correcta de Dios y su santidad, tiene también, por contraste, una apreciación correcta de sí mismo. Y esto sólo es posible cuando se aprende a pensar bíblicamente. Y no es precisamente esto último por lo cual se destaca el “cristianismo” en el día de hoy. Más bien son los pensamientos de la cultura dominante los que establecen los parámetros por los cuales es guiada la iglesia actual, no la palabra de Dios. Por ello, cada uno busca la iglesia con la finalidad de que satisfaga sus necesidades y tenga un mensaje positivo y adulador para alimentar su orgullo y egoísmo inherente. Un mensaje complaciente que no contenga desafío alguno. Por lo cual, es natural que el desafío de la cruz sea una ofensa para el hombre contemporáneo. Sin embargo, es la senda seguida por el Señor Jesucristo y es la demanda para todo aquel que desee seguirlo, y no hay otra opción ni atajo alguno para hacer la voluntad de Dios.

En consecuencia, la senda de la negación no es una opción es una obligación. Es necesario morir así mismo para vivir, genuinamente, en Cristo y para Cristo. Un famoso himno dice:

“nada poseo que no haya recibido; la gracia ha dado desde que he creído. La jactancia excluida, el orgullo yo abato; solo un pecador soy por la gracia salvo. Esta es mi historia: A DIOS TODA LA GLORIA, solo un pecador soy por la gracia salvo”.

Para que sea dada a Dios toda la gloria es necesario caminar por la senda de la negación cada día. Quedar lleno de Cristo implica estar vacío del yo.

Esto implica, necesariamente, una dura batalla con el enemigo interno que siempre quiere hacer su voluntad. Por esta razón la senda de la cruz es también un camino de sacrificio.

 

Es una senda de sacrificio. “Y tome su cruz”. El texto paralelo en Lucas 9:23 agrega “cada día”. La frase “tome su cruz cada día” ha de interpretarse a la luz del contexto en el cual fue dicha. Para entender adecuadamente la demanda de Cristo a quienes deseaban seguirle hay que volver retrospectivamente la mirada al Israel de la primera mitad del I siglo. En este contexto la cruz era un elemento de tortura y muerte segura. Para los romanos un instrumento de ejecución y para los judíos un instrumento de maldición (Ga. 3:13). En consecuencia, el tomar la cruz indicaba, contextualmente, estar dispuesto a seguir a Jesús, si era necesario, aun hasta la muerte. Es decir, seguirlo no sólo en sus momentos sublimes mientras estuvo en la tierra, sino también seguirlo hasta el mismo calvario si fuera necesario. Esto es tan así que la mayoría de los discípulos de Jesús, literalmente, dieron su vida por él. El testimonio de las Sagradas Escrituras y el de la historia de la iglesia coinciden absolutamente en este punto.

Si en los primeros tres siglos de la era cristiana la iglesia de Cristo fue objeto de una persecución terrible y miles de seguidores de Jesús estuvieron dispuestos a dar su vida por su fe en él, ¿Por qué se rebajan las demandas de Cristo a sus seguidores modernos? ¿Por qué estos mensajes desafiantes que demandan la absoluta entrega sacrificial de aquellos que dicen ser seguidores de Cristo es tan ajena hoy  a la vida de la iglesia? ¿Qué pasaría si el Señor, en su soberanía, permitiera una gran persecución en contra de su iglesia actual? Todas estas preguntas, y muchas más, han de servir a cada creyente para que examine su real compromiso con Cristo. Seguir a Cristo no es un juego, no es una religión que demanda el cumplimiento de rituales externos, vacíos y formales. Por el contrario, es una vida de entrega y consagración total y sacrificial para honrar a Aquel que, a su vez, dio su propia vida por creaturas indignas de tal sacrificio.

Sin embargo, las librerías cristianas están llenas de libros que tienen como tema central al hombre y sus necesidades. Abundan los libros que tratan sobre la depresión, el temor, el rechazo, el divorcio, la soledad, la autoestima, etc. La victimización del hombre es hoy el tema y no la cruz de Cristo. La satisfacción del hombre y no la gloria de Dios. En función de este concepto antibíblico la consagración, entrega y dedicación total al Señor ha quedado en el olvido como una enseñanza retrógrada e innecesaria. No obstante, la Escritura sigue desafiando al que ha puesto su fe en Cristo a “…que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios que es vuestro culto racional.” (Ro. 12:1). La ofrenda que el creyente tiene que presentar al Señor es su cuerpo constituido por los miembros que antes fueron presentados como instrumentos de iniquidad “para servir a la inmundicia…” ahora, en Cristo, son presentados “para santificación…para servir a la justicia” (Ro. 6:19). Esta entrega es calificada como viva, santa, agradable a Dios.

Una de las palabras en griego que se usa para referirse a un ministro del Señor o a un siervo es “JUPERETES” que, literalmente, significa “remero bajo” (jupo, bajo; eretes, remero). Este nombre era atribuido a aquellos que eran condenados a las galeras (barcos de remos) de por vida. Los remos estaban ubicados en la parte más baja del barco. Cada juperetes era amarrado con cadenas al remo y allí debía remar al ritmo que marcaba un superior por medio del sonido de un tambor. Esto lo debía hacer hasta la muerte. Cuando uno o varios de ellos morían eran sacados sus cuerpos y lanzados al mar siendo reemplazados convenientemente por otros. Este servicio sacrificial es el que hace falta en el día de hoy, por supuesto considerando que el servir a Cristo ha de ser un honor y privilegio, y no una imposición como en el caso de los juperetes. Sin embargo en el día de hoy se busca satisfacer las demandas de la gente y no las demandas de Cristo. Para el cristianismo moderno no existe la abnegación y el sacrificio. No obstante el Señor sigue demandando de sus seguidores que lo imitemos a él. Esto lo entendió muy bien el apóstol Pedro “Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas” (1 P. 2:21).

Y todo esto supone una sumisión y determinación a obedecer completamente a Cristo, por ello la senda de la cruz es también…

 

Una Senda de Obediencia, “…y sígame”. Un seguidor es uno que va por el mismo camino. Setenta y siete veces se usa esta palabra en los evangelios referida a seguir a Cristo. Esto implica “unión, semejanza y camino”. Lo cual significa que para seguir las pisadas de Cristo hay que estar unido a él, imitarlo a él y caminar con él. En consecuencia, el verdadero creyente puede seguir a Cristo porque está unido a él por la fe, imitarlo a él porque su Espíritu mora en el corazón del creyente, y caminar con Cristo es algo natural para él puesto que vive en Cristo y para Cristo. Es por eso que el Señor dijo que su yugo es fácil y ligera su carga, puesto que sería el mismo Cristo el que daría el poder, la capacidad y la disposición de caminar con él. Seguir a Cristo es estar dispuesto a escucharlo cada día y a obedecerlo cada segundo de nuestras vidas.

El mayor ejemplo de obediencia fue el mismo Señor Jesucristo que “…no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.” (Fil. 2:6-8). Y estos versos están precedidos por la exhortación “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús” (Fil. 2:5) indicando claramente que el ejemplo de Cristo de abnegación, sacrificio y obediencia era la senda del verdadero discípulo del Señor. Esta es la senda marcada por el mismo Cristo y no hay otra. La obediencia es la marca del verdadero creyente. Al respecto, alguien escribió: “Dios nunca pregunta por nuestra habilidad, ni por nuestra inhabilidad, únicamente por nuestra disponibilidad”.

Todo aquel que desea caminar por una senda de placer, satisfacción y prosperidad, es que no ha entendido lo que significa ser un seguidor de Cristo. Lamentablemente eso es lo que millones de personas alrededor del mundo están buscando hoy. Por ello es que están dispuestos a seguir a mentirosos disfrazados de apóstoles de Cristo que les prometen dar satisfacción a sus deseos carnales. Estos no se dan cuenta que los deseos carnales batallan contra el alma, desvían del verdadero camino de Cristo y conducen directamente a una eterna condenación. Este camino no es la senda de Cristo. La senda de Cristo está marcada por la cruz. Sin cruz no hay salvación, sin cruz no hay cristianismo, sin cruz no hay vida.

 

El mensaje de la cruz es el que tiene que volver a ocupar el primer lugar en nuestros púlpitos. Sus demandas son tan frescas y necesarias hoy, como lo fueron para los creyentes de los primeros siglos. El Señor no ha cambiado, tampoco sus justas demandas. Todo aquel que quiera seguir a Cristo debe estar dispuesto a negarse a sí mismo, tomar su cruz cada día, y seguirlo. No existe otro camino, la senda está marcada, es la senda de la cruz.

 

doulos

 

 

 

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Líderes Escriturales, la urgente necesidad de la Iglesia 

 

Cuando el Señor Jesucristo puso las bases sobre las cuales había de ser edificada SU IGLESIA, estableció su propio liderazgo como modelo que debía ser imitado por sus seguidores. Así fue como en los primeros siglos de la iglesia, los líderes de ella fueron fieles seguidores de Cristo y sumisos a los principios rectores dados en las Sagradas Escrituras. La Palabra de Dios era la que dirimía cualquier discusión respecto a los propósitos de la iglesia. La Palabra de Dios era la que regía sobre los líderes y la autoridad de éstos sólo era tal en la medida en que se sometían a las Escrituras. Esto lo expuso magistralmente el presbiteriano Samuel Rutherford en su libro “Lex Rex” (La Ley es Rey) en 1644, estableciendo básicamente que la ley, léase las Sagradas Escrituras, están por sobre los líderes humanos y estos han de someterse a ella. Lo que él hizo, no obstante, fue simplemente recordar y volver a poner en alto lo que el Señor en su Palabra ya había establecido “Y cuando se siente (el rey) sobre el trono de su reino, entonces escribirá para sí en un libro una copia de esta ley, del original que está al cuidado de los sacerdotes levitas; y lo tendrá consigo, y leerá en él todos los días de su vida, para que aprenda a temer a Jehová su Dios, para guardar todas las palabras de esta ley y estos estatutos, para ponerlos por obra; para que no se eleve su corazón sobre sus hermanos, ni se aparte del mandamiento a diestra ni a siniestra; a fin de que prolongue sus días en su reino, él y sus hijos, en medio de Israel” Dt. 17:18-20.

¡¡Que Sabio es el Señor!! ¡¡Que profundo conocimiento del corazón humano!! De estos maravillosos versículos se desprenden varios principios fundamentales que es necesario destacar:

Primero, La centralidad de las Escrituras en la vida del líder. El Señor parte diciendo que la Palabra de Dios ha de ser central en la vida del líder de su pueblo. No es una función más dentro de su liderazgo, sino que para que pueda ejercer la función de guía de su pueblo, su vida ha de estar impregnada por la Palabra de Dios. Dice que debe hacer tres cosas en relación a la Ley; Escribir “para sí” una copia de la Palabra de Dios. Y esto debía hacerlo procurando que lo que escribía era fiel al original, de tal manera que lo que tendría consigo era la bendita Palabra de Dios y no la interpretación de hombres que podrían distorsionar la misma. Esta era la constitución política de su reinado, la razón de ser de su vida, el eje rector de todas sus decisiones. Y lo “tendrá consigo”, como el tesoro más sagrado, más importante que su cetro, más significante que su trono, más trascendente que su corona. Estas cosas eran símbolos externos de su poder, de su reino y de su dignidad real, pero la Palabra de Dios era la que le daba sentido, lo que dotaba de contenido a todo esto. Sin la Palabra el liderazgo es sólo poder sin contenido, autoridad sin propósito y realeza sin dignidad. “Y leerá en él todos los días de su vida” esto es lo tercero que debía hacer el futuro líder del pueblo en relación a la Ley de Dios. Leer la Palabra de Dios incluye meditar, comprender, asimilar y aceptar los dictámenes de ella. Es la sabiduría Divina puesta en un lenguaje comprensible, es la justicia perfecta dada a hombres imperfectos, es la voz infalible del Eterno dada a hombres falibles y finitos. Esto es lo que el líder debe siempre tener claro, no es la sugerencia de un consejero, no es la idea de un filósofo ni la declaración de un científico. Es la infinita, infalible, perfecta y sabia voz del Omnipotente. De tal manera que si la Palabra de Dios no es la que rige la vida de un líder, estamos hablando de un liderazgo carnal, regido por sus propias ideas y vacío de significado.  Al respecto, en el día de hoy vemos precisamente un liderazgo que tiene una copia de las Escrituras, la lleva consigo a todas partes y lee en ella cada día. Sin embargo, es solo la apariencia externa. Puesto que la Palabra de Dios no es la razón de ser de su existencia, el tesoro más sagrado de sus posesiones ni la meditación de sus pensamientos. He escuchado de algunos líderes que cuando se les confronta con la Palabra de Dios responden “si, eso es lo que dice la Biblia pero en la práctica no es así” u otros que responden “la Biblia habla de lo que es ideal, pero lo real es diferente y yo vivo la realidad”. Así también hay otros que no tienen problemas para mentir descaradamente y exigir a sus congregaciones que sean veraces. Mientras que otros buscan afanosamente la consejería de libros “cristianos” escritos por expertos que les dicen como ser líderes exitosos y famosos. Usando para ello las estrategias de mercadeo más populares y atractivas del momento. En esta vorágine de modas, estrategias y técnicas de mercado el sabio y oportuno consejo de la Palabra de Dios simplemente pasa desapercibido. Se dice creer y aceptar la infalibilidad,  inerrancia y autoridad de la Biblia, pero los hechos niegan absolutamente dicha pretensión. Esto da como resultado una iglesia humanista, inmanente, relativista  y egocéntrica, porque para sus líderes la Biblia no es central en sus vidas y ministerios.

En segundo lugar, lo dicho por el Señor en Deuteronomio nos habla de la Finalidad de las Escrituras en la vida del líder. Esto indica que la razón por la cual el rey debía hacer una copia de las Escrituras, llevarla consigo siempre y leerla diariamente era porque ésta tenía un propósito múltiple en la vida del líder que había de afectar al pueblo de Dios en su conjunto. Dicha finalidad es expresada tácitamente en los versos 19 y 20 de Dt. 17, a saber: Primero, “Para que aprenda a temer a Jehová su Dios” Esto nos habla del principio fundamental de una correcta relación con Dios. Sin un sano temor reverente a Dios, todo lo que el líder haga en la obra de Dios es simplemente apariencia y fariseísmo. Salomón dijo que era lo único que no era vanidad y sin sentido cuando afirmó “el fin de todo el discurso oído es este: "Teme a Dios y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre” (Ecl. 12:13). Pero el temor a Dios no se alcanza de la noche a la mañana. Es, más bien, un proceso antes que un hecho definido y definitivo. Comienza en un conocimiento íntimo de Dios y crece juntamente con la profundización de ese conocimiento, el que, a su vez, sólo puede ser alcanzado cuando las Sagradas Escrituras son centrales en la vida del líder. En el día de hoy, sin embargo, el temor a Dios escasea de forma alarmante entre el liderazgo de la iglesia. Por ello la mentira, la falta de transparencia y la casi nula sinceridad en la vida de los líderes parece ya una situación aceptada y considerada como normal en muchas partes. Hemos perdido la capacidad de asombro ante estas actitudes absolutamente reñidas con las Escrituras. El conocimiento del carácter de Dios es simplemente un asunto intelectual, pero no vivencial. Es teórico pero no práctico. Por ello desde los púlpitos se transmite sólo conocimiento pero sin contenido real. Sin temor a Dios en el liderazgo la religiosidad será más notoria en la iglesia, pero la piedad escaseará más en la vida de las personas. El temor a Dios nos hace más sensibles a la voz de Dios y más sordos al susurro de la carne, del mundo y de Satanás. El temor a Dios se expresa a través de las acciones concretas y es una muestra de obediencia y sumisión a la autoridad de Dios. Así lo dice el mismo Señor a Abraham “Ya conozco que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste tu hijo, tu único.” (Gn. 22:12). Mientras que en Deuteronomio se repite una y otra vez que en la medida en que Israel viva en temor delante de Dios, su caminar será recto y su bendición abundante.

Este es el desafío para la iglesia de hoy, este es el camino extraviado al que debemos volver. Este es el punto de partida de un verdadero avivamiento. Esto es lo que nuestros hijos deben ver en nosotros, esto es lo que ellos deben aprender y vivir “para que oigan y aprendan, y teman a Jehová vuestro Dios, y cuiden de cumplir todas las palabras de esta ley; y los hijos de ellos que no supieron, oigan, y aprendan a temer a Jehová vuestro Dios todos los días que viviereis sobre la tierra a donde vais…” Dt. 31:12-13.

El segundo propósito es, al mismo tiempo, una consecuencia natural del temor a Dios, “para guardar todas las palabras de esta ley y estos estatutos”. La raíz de la palabra hebrea traducida por guardar significa literalmente “cercar alrededor (como con espinos)” de ahí proteger, cuidar, preservar, atesorar. En los mismos términos el Señor Jesucristo habló a sus discípulos al comisionarlos a ir y hacer discípulos “enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado” (Mt. 28:20). La palabra griega, en este caso, tiene la misma connotación de la usada en Dt. En términos simples es considerar la Palabra de Dios como un verdadero tesoro, invaluable y trascendente y, consiguientemente, someterse completamente a sus dictámenes. Esto es esencial en la vida de un líder espiritual y en la buena salud de la iglesia de Cristo.

Sin embargo, vivimos en tiempos donde la doctrina bíblica está siendo considerada como causa de división y de conflicto, antes que de edificación y crecimiento espiritual. Por ello muchos líderes han optado por ablandar, ignorar o simplemente prescindir de ella. Así la búsqueda de la “unidad” ha pasado a ser más importante que la verdad, ignorando que la verdadera unidad sólo puede ser posible sobre la base de la verdad. Por otro lado, hay muchos que se adhieren afanosamente a la sana doctrina en la teoría, pero la separan completamente de la vida diaria. De esta manera se crea una especie de ortodoxia teórica sin vida e intrascendente. Así es fácil encontrar en el liderazgo un discurso en las palabras y otro antagónico en los hechos. Una enseñanza bíblica correcta y una vida práctica disociada con dicha enseñanza. ¿Por qué ocurre esto? Porque el temor a Dios se ha ido perdiendo y la valorización de su Palabra como la infalible guía ya no es tal en la vida diaria del liderazgo.

Poco a poco, sin siquiera darnos cuenta, los fundamentos están siendo corrompidos y la que ha de ser “columna y baluarte de la verdad” (1 Tim. 3:15) está, lamentablemente, perdiendo su identidad y desviando su propósito. Todo ello porque el liderazgo de esta a olvidado a Quien está sirviendo y ha relativizado la importancia de guardar Su Palabra.

Juntamente con David podemos preguntarnos “si fueren destruidos los fundamentos, ¿Qué ha de hacer el justo?" David responde “Jehová está en su santo Templo; Jehová tiene en el cielo su trono; sus ojos ven, sus párpados examinan a los hijos de los hombres… Porque Jehová es justo, y ama la justicia; el hombre recto mirará su rostro” (Salmos 11:3, 4 y 7). Sólo la gracia de Dios nos sostiene, sólo su misericordia nos permite mantenernos en pie, sólo su paciencia nos da esperanza. La iglesia le pertenece y el la sostendrá a pesar de nosotros.

Sin embargo, aquello no deslinda nuestra responsabilidad como líderes llamados a guiar la iglesia de Cristo. “Escudriñemos nuestros caminos, y busquemos, y volvámonos a Jehová; Levantemos nuestros corazones y manos a Dios en los cielos” (Lm. 3:40-41). Cada uno de los líderes llamados a servir unámonos al salmista en su maravillosa oración "¡Ojala fuesen ordenados mis caminos para guardar tus estatutos!… Enséñame, oh Jehová, el camino de tus estatutos, y lo guardaré hasta el fin… guardaré tu ley siempre, para siempre y eternamente”  (Salmos 119:5, 33, 44). Este sea el genuino deseo de nuestro corazón “En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti” (Salmos 119:11). Guardar la Palabra de Dios es mucho más que memorizar porciones bíblicas. Es procurar que su Palabra sea el motor de nuestra vida y sus principios las cuerdas invisibles que controlan nuestro proceder. Sólo así las iglesias que lideramos volverán a las sendas antiguas, a los caminos de justicia y a glorificar al Señor, nuestro Dios.

El guardar la Palabra de Dios nos lleva, consecuentemente, a obedecerla, “para ponerlos por obra”. Esta era la prueba de fuego para el líder de Israel. Sólo la obediencia irrestricta a las Escrituras evidenciaba si la Palabra de Dios era central en la vida del rey, si realmente temía a Dios y eran los únicos principios que guiaban su vida.

Esta frase era recurrente en el Antiguo Testamento, es un hebraísmo típico que siempre que se usa tiene relación con la obediencia a la Palabra de Dios. En Deuteronomio es donde más se usa (unas 18 veces). Justamente el libro que describe la reiteración de la Ley al pueblo de Israel en circunstancias que dicho pueblo se aprestaba a entrar a Canaán donde debería luchar contra muchas cosas opuestas a la voluntad de Dios.

El obedecer la Palabra por parte del rey traería bendición a todo el pueblo de Dios y los preservaría de ser seducidos y extraviados por la filosofía y las costumbres de los pueblos paganos que los circundaban. Del mismo modo en la actualidad la iglesia está siendo bombardeada por filosofías, ideologías y prácticas absolutamente contrarias a la voluntad de Dios. Estas como un viento imperceptible, al principio, se meten a las iglesias procurando desviar a dichas iglesias de su verdadero propósito. Por ello, se hace imprescindible que aquellos a los cuales el Señor llamó para pastorear su iglesia seamos más consecuentes con dicho llamado poniendo por obra la Palabra de Dios, en nuestras vidas y en nuestros ministerios. Es necesario recordar que el sólo hecho de oír la Palabra de Dios no es suficiente. El mismo Señor Jesucristo lo deja en claro cuando dijo “¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?" Lc. 6:46. Luego relató la parábola de los dos cimientos dejando claro que el que edificó sobre un cimiento estable y permanente es semejante al hombre que “oye mis palabras y las hace” Lc. 6:47. La diferencia radica en la obediencia más que en el oír. En este sentido en la actualidad nos encontramos con dos tipos de líderes. Están los que han optado por dejar la Palabra de Dios como un complemento dentro de la iglesia y no como lo principal. Estos se preocupan por buscar la aprobación de la gente que cada día se interesa más en oír fábulas entretenidas y de satisfacer sus propios deseos que de oír con fe la bendita Palabra de Dios. Por otro lado, están los que mantienen la Biblia en un lugar destacado en sus iglesias, enseñando periódicamente los consejos de Dios, sin embargo ellos mismos, los líderes, no se someten a lo que están enseñando a sus congregaciones.

Nos estamos olvidando que el señor no está buscando eruditos y expertos en teología o técnicos y empresarios para liderar su iglesia, sino a hombres sencillos, sumisos y obedientes a su Palabra, “Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios” 1 S. 15:22. Las palabras brotan fácil y rápidamente de nuestra boca, pero son los hechos las que las confirman o las niegan. Que nuestra oración sea “Enséñame, oh Jehová, tu camino; caminaré yo en tu verdad; Afirma mi corazón para que tema tu nombre”  Sal. 86:11. Sigamos el ejemplo de Pedro que no sólo escuchó la Palabra de Jesús “Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar” sino también la obedeció, aun cuando este mandato era contrario a su razonamiento y experiencia como pescador, “Maestro, toda la noche hemos estado trabajando, y nada hemos pescado; Mas en tu palabra echaré la red” Lc. 5:4-5. Como consecuencia, Pedro fue bendecido en su trabajo y especialmente en su alma. Sus ojos espirituales pudieron contemplar la grandeza y Santidad de Jesús y como contraste su pequeñez y pecaminosidad. Entonces comenzó el proceso que lo transformaría en un líder según la voluntad de Dios.

Cuando la Palabra de Dios es central en la vida del líder, no hay lugar para el orgullo. Este es otro propósito de la Palabra de Dios “Para que no se eleve su corazón sobre sus hermanos”. El Señor conoce tan bien el corazón humano y sabe de su tozudez. Por orgullo Lucifer se rebeló contra Dios y tomó su propio camino, por orgullo el hombre se emancipó de Dios. Y este orgullo se manifiesta especialmente cuando se llega a tener poder y autoridad sobre los demás. El orgullo es la fuente de todo pecado y el poder es el que lo enciende. Por ello el rey que gobernaría a Israel debía tener la Palabra de Dios como el eje de su vida, así cuando llegara al poder y en el ejercicio del mismo, nunca olvidaría que Dios es el verdadero Rey. Dios es el verdadero gobernante de su pueblo, los hombres sólo sus siervos. El propio rey de Israel era un siervo del Señor y estaba cumpliendo una función de liderazgo como mandato del Dios Todopoderoso, no por su mérito o capacidad especial, sino por la pura voluntad de Dios que lo eligió.

Un concepto correcto de la Persona de Dios, y por contraste, de nuestra real condición delante de él, proporciona un sentido de humildad adecuado, sin el cual nadie puede ejercer un liderazgo espiritual que glorifique al Señor. El corazón del hombre es el asiento del orgullo, la soberbia y la altivez. Por ello ha de ser quebrantado continuamente para ejercer un adecuado servicio al Señor. Salomón lo dice así “Antes del quebrantamiento se eleva el corazón del hombre, Y antes de la honra es el abatimiento” Pr. 18:12.

Siempre estará la tentación de sentirse superior y más importante que los hermanos a los cuales se está guiando. Nunca hemos de confiar en nuestro propio corazón porque “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿Quién lo conocerá?" Jer. 17:9. La autoridad espiritual está dada por la Palabra de Dios y circunscrita a los principios que de ella se desprenden. Por tanto, la insensibilidad a la Palabra de Dios produce líderes orgullosos y autosuficientes que desean enseñorearse de sus hermanos. Podríamos decir que el orgullo es natural en el hombre, mientras que la humildad es sobrenatural.

Un liderazgo que pone al hombre en el centro de su ministerio, saca a Dios del lugar que le corresponde y desvirtúa su razón de ser, que Dios sea glorificado por medio de lo que hace. La iglesia actual es presa de este tipo de líderes que no tienen empacho en elevarse sobre sus hermanos. Es más importante lo que el líder dice u ordena que lo que Dios ha dicho en su eterna palabra. Lamentablemente la mayoría de los creyentes no evalúan Bíblicamente lo que su líder esta enseñando y demandando de ellos. Son más atraídos por su carisma que por su veracidad y consecuencia. En otras ocasiones son seducidos más por los títulos o grado profesional del líder que por su apego irrestricto a la Palabra de Dios y su vida de entrega y humildad. Por ello no es extraño que los hermanos con algún título profesional tomen el liderazgo de nuestras iglesias despreciando la labor del líder que el Señor llamó para tales efectos. Los pastores pasan a ser empleados de segunda mano de los “expertos” que han elevado su corazón sobre sus hermanos, y aun sobre los verdaderos líderes espirituales. Por esto, es importante que los que fuimos llamados a pastorear la grey de Dios estemos siempre conscientes que el orgullo anidado en lo profundo de nuestro corazón, es uno de los principales enemigos de nuestro ministerio. Volvamos al Señor orando juntamente con David “Porque no quieres sacrificio, que yo lo daría; no quieres holocausto. Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tu, oh Dios” Sal. 51:16-17. Una evaluación constante de nuestra vida espiritual es esencial para un sano ministerio. Una autocrítica Bíblica es el mejor ejercicio espiritual al que hemos de someternos cada día para no equivocar el camino y guiar al pueblo lejos de la voluntad de Dios. Hemos de estar siempre conscientes de que “Cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido” Lc. 14:11. Busquemos siempre estar “revestidos de humildad; porque: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes” 1 P. 5:5.

 

En último término, la Palabra de Dios cumpliría el propósito de guiar y conducir la vida del rey y la de su pueblo por el camino trazado por el Señor. “Ni se aparte del mandamiento a diestra ni a siniestra”. De las 12 veces que se usa esta frase en toda la Biblia (“a diestra ni a siniestra”) 5 se refiere a no apartarse de la Palabra de Dios. Esto indica que la Palabra de Dios es la que dicta las pautas absolutas, definitivas y determinantes para que, tanto la vida como el ministerio del líder del pueblo de Dios, cumpla con el propósito por el cual fue llamado. En la medida que el rey se sometiera a la ley de Dios, el pueblo aceptaría y reconocería su autoridad como procedente de Dios y no del hombre. Por tanto, si el rey se apartaba del mandamiento dado por Dios perdía su credibilidad y autoridad. El liderazgo espiritual procede de Dios y no de alguna organización, denominación o institución humana. Está regido por las normas de Dios y no por pensamientos o reglas humanas. Y los propósitos que ha de cumplir son los que Dios ha establecido y no lo que los hombres procuren perseguir. Las benditas Palabras que proceden del corazón de Dios son cuerdas invisibles que sostienen la vida del líder, y llenan su corazón de la voluntad de Dios. Estas infalibles Palabras han de guiar la vida de cada uno de los que fue llamado a servir al Señor. De esta manera, las iglesias que cuenten con un liderazgo fiel a las Escrituras existirán para glorificar a su Señor y no para satisfacer la carnalidad y mundanalidad del hombre.

No obstante, no es este tipo de liderazgo el que más abunda en la actualidad. Y por esta razón las iglesias están más preocupadas de entretener a las personas, antes que de edificarlas en la verdad desafiándolas a una vida de entrega y consagración al Señor. ¿Por qué? Porque el liderazgo está más preocupado de buscar la gloria y la aceptación de los hombres, antes que la gloria y la aprobación de Dios. ¿Cuál es el origen del problema? El que el liderazgo se ha apartado a diestra y a siniestra de la Palabra de Dios. Ya no se parte de un principio Bíblico para analizar la conveniencia o la inconveniencia de algún programa de la iglesia. Al contrario, se parte de un programa derivado del mundo y se determina su aplicación en función de sus resultados. Esta filosofía Maquiavélica donde el fin justifica los medios está confundiendo y desviando a la iglesia peligrosamente. Algunos líderes al ser consultados sobre porque se permite a los jóvenes tantas libertades en cuanto a la música, responden “yo prefiero un joven en la iglesia antes que uno en la discoteca”. Lo que estos líderes no piensan es que un joven con convicciones y una sólida base en las Escrituras jamás cambiaría la iglesia por una discoteca. Entendería la diferencia entre edificación y entretención. Y la diferencia entre lo que desea y lo que realmente necesita. Una pregunta pertinente para el día de hoy sería ¿La iglesia está siendo guiada por la Palabra de Dios o por la filosofía del mundo? La respuesta a esta pregunta depende de si la Palabra de Dios es central en la vida del líder o simplemente una escusa para seguir llamándose cristiano. Sería bueno traer a la memoria las palabras del profeta Isaías “¡A la ley y al testimonio Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido!” Is. 8:20.

En los tiempos del profeta Jeremías se daba mucho este tipo de liderazgo que estamos viendo hoy. Los profetas más famosos y de mayor aceptación eran los que decían al pueblo lo que estos querían oír. Los menos populares y generalmente rechazados por el pueblo eran los que proclamaban fielmente la Palabra de Dios, uno de ellos era Jeremías precisamente. Eran tiempos de decadencia, confusión y deterioro espiritual entre el pueblo de Dios. Esto es lo mismo que está pasando hoy en la iglesia.

Recapitulando todo lo dicho, se puede afirmar que la confusión en la que está inmersa la iglesia en la actualidad es producto de la confusión del liderazgo. Debido a que se ha perdido la sensibilidad espiritual, puesto que las Escrituras han dejado de ser centrales en la vida del líder. Esto ha traído como consecuencia la pérdida de temor a Dios, la indiferencia a su Palabra o la desobediencia a la misma. Por ello, hay más señores en la iglesia actualmente y menos siervos. Se está sacando a Dios de la escena y esta siendo reemplazado por el hombre. La filosofía del mundo dicta los principios sobre los cuales se mueve la iglesia y no la Palabra de Dios. Esto ha permitido que tengamos hoy una iglesia exitista, que busca solo la aprobación del mundo. Inmanente, puesto que ha perdido su carácter trascendente poniendo la mira en las cosas de la tierra y no en las cosas de arriba donde está Cristo sentado a la diestra de Dios (Col. 2:1,2). Y humanista, regida por los deseos del hombre y no por la voluntad de Dios.

El cuadro no es muy alentador, no obstante ser realista, sin embargo la promesa del Señor sigue vigente. “Edificaré mi iglesia;  y las puertas del Hades NO PREVALECERÁN CONTRA ELLA” Mt. 16:18. Esta certeza nos alienta y motiva a volver a ser la iglesia que Cristo quiere, la esposa sin mancha ni arruga, la novia ataviada con ropas de santidad que él volverá a buscar. Para ello hemos de volver reverentes a la Palabra del Señor y decir como Samuel “Habla porque tu siervo oye” 1 S. 3:10. Y como Esdras preparar nuestro corazón “… para inquirir la ley de Jehová…” examinar nuestro ministerio sobre la base de las Escrituras. Revisar nuestra vida si es coherente y consecuente con la Biblia y tomar la decisión de someternos a ella absolutamente y sin condiciones. Una vez que la Palabra de Dios sea una vivencia en mi vida, entonces proclamarla con autoridad y convicción, “… y para enseñar en Israel sus estatutos y decretos” Esd. 7:10. Esto traerá como consecuencia una iglesia fiel que trabaja para agradar a Dios y no a los hombres, Trascendente que no mira las cosas que se ven “… sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas” 2 Co. 4:18. Una iglesia Cristocéntrica que ha entendido que Cristo “… por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos” 2 Co. 5:15.

 

“Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, Y guíame en el camino eterno” Sal. 139:23-24. Deseo de todo corazón que esta sea nuestra oración constante como siervos del Señor llamados a guiar a aquellos que El ganó con su propia sangre.

 

doulos 

 

Comentarios: 1
  • #1

    Juicers Reviews (domingo, 14 abril 2013 14:48)

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RADIOGRAFÍA DE UNA IGLESIA CONFUNDIDA

 

 

Los médicos recomiendan que después de una cierta edad los pacientes se hagan chequeos periódicos con el fin de detectar cualquier mal funcionamiento del organismo que pueda provocar alguna enfermedad con consecuencias fatales. Del mismo modo, es necesario chequear permanentemente el estado de la iglesia del Señor Jesucristo con el fin de evitar cualquier desviación que aleje a esta de su propósito esencial.  

Así como la medicina cuenta con instrumentos y tecnología apropiada para detectar casi cualquier anomalía en el cuerpo humano, la iglesia del Señor Jesucristo dispone de un instrumento inigualable, inerrable, infalible y todo suficiente para evaluar objetivamente la salud espiritual del cuerpo de Cristo, su iglesia. Este instrumento es la Biblia.

Por consiguiente, la Palabra de Dios se constituye, ella misma, en el parámetro perfecto para saber si la iglesia de Cristo está cumpliendo el propósito para el cual fue establecida o, en su defecto, se está desviando de la voluntad de Dios.

 

En este sentido hemos de volver nuestra mirada miles de años atrás y escuchar la voz de Dios en el desierto por medio de Moisés:

“No añadiréis a la palabra que yo os mando, ni disminuiréis de ella, para que guardéis los mandamientos de Jehová vuestro Dios que yo os ordeno.” Dt. 4:2

Este sólo versículo bíblico establece tres principios que constituyen el mejor espejo delante del cual ha de presentarse el pueblo de Dios. El guardar dichos principios augura un buen diagnóstico espiritual, mientras que el transgredirlos indica serios problemas en la salud de la iglesia.

Estos tres principios aparecen en diferentes formas en toda la Biblia implícita o explícitamente, pero destaca en tres lugares especialmente. En el Edén, son transgredidos con nefastas consecuencias para el ser humano (Gn. 3:1-6) y se transforma así en una advertencia para cada persona, en el desierto son una advertencia para Israel (Dt. 4:2) y en Patmos (en la Revelación a Juan) son una advertencia para la Iglesia (Ap. 22:18-19).

 

Primero, la prohibición de añadir a la Palabra de Dios. Esta prohibición apunta a advertir acerca de dos peligros potenciales que el pueblo de Dios enfrenta al considerar la suficiencia de la Palabra de Dios. El primero es interno, propio de la naturaleza humana, y tiene que ver con la tendencia del corazón humano a no conformarse con lo dicho por Dios. Esto es lo que la historia subsiguiente de Israel deja de manifiesto en la actitud de los judíos que añadieron una gran cantidad de reglas, mandatos y prohibiciones que transformaron la religión judía en un formalismo frío, ritualista y sin vida, lejos de la voluntad de Dios. Es  la razón por la cual el Señor Jesucristo dijo a los fariseos “Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, cuando dijo: Este pueblo de labios me honra; más su corazón está lejos de mí. Pues en vano me honran, enseñando como doctrina mandamientos de hombres.” (Mt. 15:7-9). La tendencia de añadir a la palabra de Dios ideas y reglas humanas tiene que ver con un aspecto más racional y formal.

Sin embargo, existe otra forma, no menos dañina que la expuesta, de añadir a la Palabra de Dios, arraigada esta última en el sentimiento y la experiencia mística. Esta se caracteriza por añadir nuevas revelaciones directas de Dios a ciertos individuos escogidos especialmente para ser el canal a través de los cuales Dios habla, supuestamente. Este tipo de añadidura la encontramos en los tiempos de los profetas cuando muchos decían hablar en nombre del Dios de Israel. Respecto de estos Jeremías denuncia “Así a dicho Jehová de los ejércitos: No escuchéis las palabras de los profetas que os profetizan; os alimentan con vanas esperanzas; hablan visión de su propio corazón, no de la boca de Jehová… No envié yo aquellos profetas, pero ellos corrían; yo no les hablé, más ellos profetizaban… Yo he oído lo que aquellos profetas dijeron, profetizando mentira en mi nombre, diciendo: Soñé, soñé. (Jer. 23:16, 21, 25).

 

El Segundo peligro que el pueblo de Dios enfrenta también tiene que ver con el disconformismo con la suficiencia de la Palabra de Dios, pero, a diferencia del anterior, este apunta a un factor externo.

Israel estaba a punto de entrar a tomar posesión de la tierra prometida, cuyos habitantes naturales tenían una filosofía de vida absolutamente contraria a la que Dios había establecido para su pueblo. Espiritual, moral y socialmente la cultura de los pueblos cananeos era totalmente pervertida. Por consiguiente, Israel estaría en un constante peligro de añadir a la pura y perfecta Palabra de Dios algo de la filosofía de los pueblos en cuestión. Constituyendo así una mezcla o sincretismo perjudicial para la vida del pueblo de Dios.

La influencia de los pueblos paganos y la asimilación de sus costumbres por parte de Israel traería como consecuencia la pérdida de identidad y de propósito para el pueblo del Señor. Y esto es lo que lamentablemente pasaría en Israel. En los tiempos de Samuel, los líderes del pueblo demandan “Constitúyenos ahora un rey que nos juzgue, como tienen todas las naciones (1 S. 8:5). Aquí se ve como Israel, al observar las costumbres de las naciones paganas, respecto al sistema de gobierno en este caso, desean vivir de la misma forma. Con esto desechaban el gobierno que Dios había establecido para ellos (1 S. 8:7) perdiendo su singularidad como nación y desvirtuando su propósito como pueblo de Dios. En lo sucesivo añadirían muchas otras costumbres paganas que degenerarían en un deterioro progresivo en su vida espiritual, moral y social (Jer. 7:17,18; Ez. 8:7-17).

 

Al aplicar este principio de no añadir a la Palabra de Dios a la iglesia actual se pueden apreciar, al menos, tres tendencias o movimientos dentro de la iglesia que son una clara muestra de que esta está perdiendo su rumbo.

Estos son: El Legalismo, el espiritualismo (carismatismo) y el sincretismo.

 

El Legalismo, es propio de las iglesias que confunden el celo por las cosas de Dios, que es algo sano y deseable, con el celo por guardar reglas y enseñanzas que no brotan de las Escrituras. Dichas enseñanzas pretenden, muchas veces, hacer más estricto el cumplimiento de los preceptos divinos. Sin embargo, al igual que los fariseos, se cae en el error de transformar dichas reglas en doctrina añadiendo así preceptos humanos a los Revelados por el Espíritu Santo en su perfecta Palabra. De tal manera que, con el tiempo, estas reglas pasan a constituir lo esencial dejando de lado lo verdaderamente relevante que es la Palabra de Dios.

La mayoría de las veces estas normas tienen que ver más con la apariencia externa, y por tanto irrelevante, que con lo interno y fundamental. La evaluación que se hace en este tipo de iglesia tiene que ver con el cumplimiento de las normas de la denominación más que con la obediencia a la Palabra de Dios. Así las cosas, el creyente más consagrado es el que cumple con el ritual, y no el que evidencia una mayor transformación de su carácter cristiano. Todo esto trae como consecuencia un cristianismo exteriormente formal y ritualista pero interiormente vacío y sin vida.

Lamentablemente el legalismo esta presente, en mayor o menor medida, en prácticamente todas las iglesias cristianas. Por ello es muy importante que cada creyente esté evaluando constantemente su vida a la luz de la Palabra de Dios y aplicando este principio para detectar tendencias como la expuesta que dañan a la iglesia y entrampan el desarrollo de la obra del Señor.

 

El Espiritualismo (Carismatismo) esta tendencia o movimiento se ha insertado, de una u otra manera, en la mayoría de las iglesias evangélicas de nuestros tiempos. Y es propia de los que no se conforman con lo revelado por Dios en los sesenta y seis libros inspirados por el Espíritu Santo, sino que están en una constante búsqueda de nuevas revelaciones por medio de sueños, profecías y visiones que muestren la voluntad de Dios a sus vidas o iglesias.

Este tipo de añadidura a la Palabra de Dios ha traído como consecuencia un desprecio por la Revelación dada por Dios en las Escrituras. Y un aumento creciente de liderazgos movidos más por la avaricia y el ansia de poder que por hacer la voluntad de Dios. A estos últimos pertenecen algunos famosos y multimillonarios líderes que a través de la televisión recaudan grandes sumas de dinero para su propio provecho y el crecimiento de sus “ministerios” que hacen mercadería de los ingenuos “creyentes” (2 P. 2:1-3). En Internet se pueden encontrar sus blasfemas declaraciones y la manifestación de sus pretendidos dones espirituales erróneamente atribuidos al Espíritu Santo. Existen muchos videos que los dejan en evidencia y exponen sus verdaderos intereses.

Pero esta tendencia o movimiento no sólo se circunscribe a estos famosos “ministerios”. Este énfasis en nuevas revelaciones es el que a lo largo del tiempo a dado a luz a muchas sectas heréticas y que hoy sigue desviando a la iglesia de Cristo de su propósito esencial. Lamentablemente muchas iglesias que en su tiempo basaron su doctrina y práctica solo en la Biblia, en el día de hoy han cedido a esta fuerte corriente carismática. Con el argumento que las iglesias que sólo tienen la Biblia como regla de fe y conducta son iglesias muertas y que no tienen el Espíritu, han entrado y desviado a muchos buenos creyentes cuya fe hoy descansa más en la satisfacción de sus necesidades físicas (sanidad) y emocionales del momento que en los hechos inmutables de la Palabra de Dios. Así hoy se habla de la expulsión de demonios a los creyentes, de los sueños a través de los cuales Dios habló o las visiones hasta del cielo o el infierno que supuestamente Dios les mostró. 

Sí confrontamos estas nuevas “revelaciones” subjetivas con la objetiva y suficiente Palabra de Dios se puede apreciar lo insensato y perjudicial que son este tipo de añadiduras (2 P. 1:19-21).

 

El Sincretismo al igual que los anteriores esto también cae dentro de la categoría de añadidura a la Palabra de Dios. Pero, a diferencia de ellos, el sincretismo está dado por como la iglesia cede ante la presión de un elemento externo a ella, filosofía, creencia, costumbre, que se mezcla con la Palabra de Dios y llega a constituir una doctrina.

Esta tendencia sincrética se aprecia a través de toda la historia de la iglesia, siendo la más evidente la de los tiempos de Constantino cuando el Cristianismo es declarado oficialmente la religión del Imperio Romano. Allí se introducen a la iglesia una serie de creencias y costumbres paganas que pasan a formar parte, hasta el presente, de la doctrina oficial de la iglesia Católica.

Pero, lamentablemente, no es sólo parte de la historia sino también del presente. En el día de hoy son las filosofías orientales propias del Hinduismo y el Budismo, entre otras, las que se han mezclado con las doctrinas bíblicas. Ejemplo de ellos son la confesión positiva, la oración de poder, la palabra de poder, etc. También la sicología ha entrado fuertemente a la iglesia y modificado el actuar de esta, introduciendo técnicas de consejería basadas en el humanismo y no en la Biblia. Algunos ingenuamente piensan que el cristianismo bíblico y la sicología son compatibles y complementarios. Estos propenden a mezclar el humanismo con el cristianismo lo cual es imposible.

Por otro lado, el naturalismo científico y la nueva ciencia (física cuántica especialmente) también han empujado a muchos en la iglesia a creer que son hechos objetivos y no teorías lo que presentan los científicos a través de los medios de comunicación. Por lo mismo han aceptado como verdades estas teorías y hacen esfuerzos por compatibilizarlas con las Escrituras. Por ello no es extraño que alguien en la iglesia crea en la evolución y en la creación al mismo tiempo (evolución teísta) o piense que no hay diferencia entre los animales y los seres humanos, o crea y practique la ecología profunda que deifica a la naturaleza, entre otras cosas.

En esta lista no podría faltar el humanismo que está socavando las mismas bases del cristianismo. Esta filosofía que declara “el hombre, por el hombre y para el hombre” está desviando a la iglesia de su camino y pervirtiendo su propósito. Los creyentes están cambiando el concepto bíblico de Dios de acuerdo a su conveniencia. De esta manera ya no es la voluntad de Dios la que importa, sino mi voluntad. No soy yo el que debo estar al servicio de Dios, sino Dios el que debe estar a mi servicio. La oración ya no es una petición confiada, sino una orden imperiosa que doy a Dios. Del mismo modo, la iglesia ya no está para glorificar a Dios por medio de la edificación y la evangelización, sino que está para mi propio beneficio personal. De este modo las iglesias que deseen tener muchos miembros deben satisfacer las egoístas demandas de la gente y olvidarse de las justas demandas de Dios (Lc. 14:25-33; 2 Co. 5:15; Ga. 2:20; 6:14, etc.).

La iglesia es Cristocéntrica en esencia y jamás antropocéntrica. Por tanto, es Cristo su razón de ser, Su Palabra la infalible guía y, la gloria de Dios su propósito.

En síntesis, el sincretismo es añadir a la Palabra de Dios creencias, filosofías, costumbres y prácticas contrarias o contradictorias con la misma. La mezcla resultante de esta añadidura es nociva para la iglesia de Cristo y perjudicial para la consecución de su propósito.

 

Por tanto, el legalismo, el espiritualismo (carismatismo) y el sincretismo son verdaderos tumores espirituales presentes en el cuerpo de Cristo que deben ser detectados y extirpados antes de que se diseminen por todo el cuerpo y terminen por debilitar e incapacitar a la iglesia impidiendo así que cumpla su propósito.

 

El segundo principio es la prohibición de quitar o disminuir de la Palabra de Dios. La raíz de la palabra hebrea que se traduce por disminuir  significa “raspar, rasquetear; por implicación “afeitar, remover, disminuir o retener” (Nueva Concordancia Strong Exhaustiva; Diccionario de Palabras Hebreas y Arameas, nº 1639). Esto muestra un descontento, un disconformismo con la Palabra de Dios que se traduce en quitar de la Biblia algo con lo que la persona no esta de acuerdo. Por tanto, “raspa, afeita, remueve o retiene parte de la Palabra de Dios de acuerdo a su propio criterio y conveniencia.

El experto en esto es el mismo Satanás. Quién enfrentó a Jesús en el desierto usando la Palabra de Dios. En Mateo 4:1-11 se relata este episodio y se aprecia como cita del libro de los Salmos en forma parcial y sólo lo que servía a sus propósitos; “Entonces el diablo le llevó a la santa ciudad, y le puso sobre el pináculo del templo, y le dijo: si eres Hijo de Dios, échate abajo; porque escrito está: A sus ángeles mandará acerca de ti, y, en sus manos te sostendrán, para que no tropieces con tu pie en piedra.” A lo cuál Jesús replicó Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios.”(Mateo 4:6-7) Nótese como Satanás enfatiza lo que le conviene, y, al mismo tiempo retiene lo que no le servía dadas las circunstancias. Sin embargo Jesús va al punto y, ataca y desnuda las verdaderas intenciones de su enemigo.

De igual modo, y siguiendo a Satanás, las sectas heréticas enfatizan textos que, sacados de contexto, parecen apoyar sus doctrinas, y dejan de lado los que los contradicen directamente.

Sin embargo, no sólo es propio de estos grupos heréticos, sino que esta misma tendencia, quizás no con la misma intención pero igualmente peligrosa, se esta dando en las iglesias evangélicas. Al respecto me parece oportuno citar al ilustre A. W. Tozer que, en su libro, “Caminamos por una Senda Marcada”, Editorial Clie, 1988, dice “La propensión a la Herejía no se limita a las sectas. Por naturaleza, todos somos herejes. Los que nos consideramos dentro de la tradición histórica de la sana doctrina podemos, en nuestra práctica real, llegar a ser herejes de algún tipo” (cap. 19, pag. 61). Tozer escribió hace ya muchos años pero lo que dice es hoy una realidad. Los creyentes cada vez más seleccionan ciertos pasajes de las Escrituras, los más convenientes y consoladores y dejan de lado los otros que, generalmente, los desafían o desnudan su verdadera realidad espiritual. Así es muy fácil encontrar versículos como “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fil. 4:13), “No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia.”(Is. 41:10) aprendidos de memoria o convenientemente pegados en las paredes de las casas de los creyentes. Sin embargo, pocas veces se pueden encontrar textos como los de Lucas 14:25-33 que son un verdadero desafío y plantean un alto costo para el que desea seguir a Cristo. O Romanos 12:2 “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cual sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.” Esta misma tendencia se ha traspasado a los púlpitos. De tal manera que las predicaciones mejor recibidas por las congregaciones son las que los consuelan o alientan, no así las que los desafían y exhortan a tomar decisiones radicales para vivir una vida más consagrada y que glorifique a Dios.

A ningún padre se le ocurriría asignar a su hijo una dieta de puros dulces, esto no le permitiría nutrirse adecuadamente. Del mismo modo, el Señor desea que sus hijos puedan nutrirse convenientemente para un mejor crecimiento y fortalecimiento. Y la única manera de lograr esto es considerando todo el consejo de Dios, (Hch. 20:27) sin quitar ni retener nada de lo que nos sea útil. Y en este sentido Toda la Escritura es inspirada por Dios, y Útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra”(2 Ti. 3:16).

En consecuencia, el quitar o retener parte de la Palabra de Dios a nuestro arbitrio y de acuerdo a nuestra conveniencia es desviarse peligrosamente del camino trazado por el Señor en su Perfecta Revelación.

Ante este principio la iglesia actual se aprecia enferma de parcialidad e indulgencia ante la Palabra de Dios. Y requiere, por tanto, un cambio profundo que le lleve a apreciar la suficiencia e integridad de la Palabra de Dios y la necesidad de tomar todo su consejo para la sanidad del cuerpo espiritual de Cristo, su iglesia.

El disconformismo con la suficiencia de la Biblia como Revelación absoluta y definitiva de la voluntad de Dios es el germen de la pérdida de identidad y finalidad de la iglesia

 

El tercer principio de Dt. 4:2 está dado positivamente y como una exhortación a obedecer la Palabra de Dios. De hecho, todo el contexto en el cual está inserto este versículo habla de obediencia. Es más, toda la Biblia exhorta a la obediencia. Por ello, es natural que Dios a través de Moisés reitere al pueblo de Israel la imperiosa necesidad de obedecer sus preceptos, especialmente en el contexto en que se da esta exhortación.

La obediencia irrestricta a la Palabra de Dios evitaría, al menos, tres peligros potenciales con los que tarde o temprano se enfrentan las personas en el momento de tomar decisiones importantes en su vida.

 

El peligro de escuchar y obedecer la voz de su propio corazón. Es, probablemente, la tendencia natural de cada persona. Y Dios conoce perfectamente lo más íntimo del corazón humano. Por ello, a través de Moisés dice “Habla a los hijos de Israel, y diles que se hagan franjas en los bordes de sus vestidos, por sus generaciones… para que cuando lo veáis os acordéis de todos los mandamientos de Jehová, para ponerlos por obra; y no miréis en pos de vuestro corazón y de vuestros ojos, en pos de los cuales os prostituyáis” (Nm. 15: 38-39). Claramente aquí el Señor contrasta la importancia de la obediencia a su Palabra con lo nefasto de obedecer la voz del corazón humano (cp. Dt. 8:14,17; Pr. 3:5; 16:9; 19:21; 28:26). Los pilotos de aviones con muchas horas de vuelo en forma continua, en ocasiones, sufren un problema que se denomina el vértigo del piloto. Este consiste en que en un momento dado el piloto pierde la orientación y sus sentidos lo guían en forma equivocada. Ante esta situación el piloto tiene dos opciones, seguir los dictámenes de sus sentidos u obedecer las indicaciones de los comandos del avión, aun cuando estos últimos se contradigan con lo que él piensa que es correcto. Evidentemente si sigue lo que sus sentidos dictaminan con toda seguridad perderá el rumbo. Así es toda persona que obedece la voz de su propio corazón y no la infalible Palabra de Dios.

El Señor describe en forma perfecta como es el corazón del hombre a través del profeta Jeremías declarando Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿Quién lo conocerá? Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón…” (Jer. 17:9-10). Y el Señor Jesucristo dijo que del corazón del hombre “salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias” (Mt. 15:19). Por consiguiente, es insensato seguir los dictámenes de nuestros corazones pues nos conducirán por un camino equivocado. La única forma de evitar esto es obedecer sólo lo que Dios ha establecido en su Palabra perfecta.

 

El segundo peligro, del que libra la obediencia a la Palabra de Dios, es escuchar y obedecer la voz del mundo. Entendido esto como el seguir las filosofías, costumbres y pautas que la sociedad acepta y dictamina como correctas.

Respecto a esto el Señor Jesucristo hizo una diferencia entre el mundo, entendido como la humanidad en general y el mundo, entendido como el sistema filosófico que guía y conduce a esta humanidad. En su oración de Juan 17, antes de ir a la cruz, intercediendo por los suyos dijo “Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo (sistema filosófico e ideológico que conduce a la humanidad) no ruego que los quites del mundo (la humanidad en general) sino que los guardes del mal” (Jn. 17:14,15). Esto muestra que el creyente genuino siempre está en una lucha para no conformarse a este sistema que la sociedad le impone (Ro. 12:2), puesto que no pertenece a este mundo (Jn. 17:16), no obstante que es parte de la humanidad como ser humano y, responsable de cumplir el papel que Dios le asignó como ciudadano de este mundo (Jn. 17:18). Por ello, el Espíritu Santo, a través del apóstol Juan, exhorta “no améis al Mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios (obedece la Palabra de Dios) permanece para siempre” (1 Jn. 2:15-17).

 

Y, el otro peligro potencial, del que protege la obediencia a la Palabra de Dios, es escuchar y obedecer la voz de Satanás. Probablemente nadie, conscientemente, admitiría la obediencia a este ser espiritual de maldad. Sin embargo, la misma Biblia muestra ejemplos de personas que cayeron en esta situación. El caso más evidente es el de Eva, en el Jardín del Edén (Gn. 3:1-6) o el de Judas Iscariote (Lc. 22:3) el que entregó a Jesús. A estos se podría añadir el caso de Ananías y Safira (Hch. 5:1-4) al comienzo de la iglesia. Pero sobre todo se debe escuchar la clara advertencia el Espíritu Santo en 1 Timoteo 4:1 “Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios. Se puede apreciar que la advertencia es para los postreros días o, dicho de otra manera, para los últimos tiempos. Y es precisamente el tiempo en el cual vivimos hoy.

Cada uno de los peligros comentados precedentemente son una clara advertencia a la iglesia de Cristo. La falta de obediencia a la Palabra de Dios trae consigo la falta de discernimiento espiritual. Lo cual, a su vez provoca confusión en el seno de la iglesia. No es difícil encontrar en las congregaciones evangélicas discusiones que comienzan con un “yo pienso, yo creo, a mi me parece”, lo que demuestra que el creyente está más dispuesto a oír y obedecer la voz de su propio corazón antes que la de Dios. De la misma forma ya parece no haber una clara distinción entre el mundo y la iglesia. Es casi imperceptible la línea demarcatoria entre estos dos entes. La iglesia está siendo guiada por la filosofía e ideología de este sistema mundano porque se ha olvidado de la Palabra de Dios. Por ello, también ha perdido su fuerza y poder espiritual para impactar al mundo perdido con el evangelio de Jesucristo. Lo que la iglesia dice con su boca no es lo mismo que lo que dice con su vida. Su testimonio está siendo cuestionado y su inconsecuencia ha desvirtuado su mensaje.

Por otro lado, supuestos ungidos de Dios blasfeman públicamente el nombre de Cristo. Demostrando así que están escuchando y obedeciendo la voz de Satanás y no la de Dios. Establecen doctrinas de demonios que hacen pasar como enseñanza cristiana. Así desvían a la gente del camino recto y llevan a multitudes a la perdición. Esta es la apostasía de la que habló el Espíritu Santo de Dios por medio de su Palabra. La gente no prueba los espíritus si son de Dios, desobedeciendo la instrucción del apóstol Juan “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo” (1 Jn. 4:1). El desconocimiento o la indeferencia ante la Palabra de Dios no les permite discernir y, por ello, cae presa de estas doctrinas de demonios disfrazadas convenientemente de cristianas.

 

Es triste constatar que aunque hay iglesias que no añaden a la Palabra de Dios ni quitan de ella, no obstante tampoco obedecen a la voz de Dios. Así se puede llegar al conformismo de tener en una declaración de fe la doctrina ortodoxa y sentirse satisfecho con ello, sin embargo no vivir dicha doctrina en la práctica.

Cayendo así en la contradicción de ser una iglesia viva en doctrina y muerta en práctica. Lamentablemente esta es la condición en la que están muchas iglesias fundamentales.

Cito nuevamente a A. W. Tozer, “Tenemos que tener una nueva reforma. Tiene que darse una rotura directa con esta pseudoreligión irresponsable, hedonista y paganizada que pasa en la actualidad por la fe de Cristo y que está siendo esparcida por todo el mundo por hombres no espirituales empleando métodos no escriturales para lograr sus fines.

Cuando la iglesia de Roma apostató, Dios movió la reforma. Cuando la reforma declinó, Dios levantó a los Moravos y a los Wesleys. Cuando estos movimientos comenzaron a morir, Dios suscitó el fundamentalismo y los grupos de “vida más profunda”.

Y ahora que estos, casi sin excepción, se han vendido al mundo… ¿Qué vendrá a continuación?” (“Caminamos por una Senda Marcada” A. W. Tozer, Ed. Clie 1988, pag. 127 y 128).

 

 

Ante este tercer principio, el de la obediencia a la Palabra de Dios, la iglesia actual evidencia síntomas inequívocos de deterioro espiritual. El diagnóstico no es alentador aunque su pronóstico puede ser totalmente diferente si sólo volviera a las sendas antiguas, la de la obediencia a la bendita Palabra de Dios.

 

La misma Palabra, que hace evidente la verdadera condición de la iglesia actual, es la que también trae el remedio preciso para la restauración del cuerpo de Cristo. Y este remedio no es otro que la sencilla obediencia a la Palabra de Dios. Esto fue lo que dijo Samuel a Saúl “¿Se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios…” (1 S. 15:22).

No son los espectáculos religiosos los que despertarán a la iglesia de su sopor. Ni las estrategias las que la encausarán en la senda recta. Ni el legalismo con sus reglas que brotan de la mente de los hombres, tampoco el carismatismo con sus pretendidas revelaciones adicionales, menos aun el sincretismo religioso y su confusa mezcla. De ninguna manera será la nefasta practica de seleccionar de las Escrituras sólo lo que conviene al creyente dejando de lado todo lo que lo corrige, desafía y demanda. Bajo ninguna circunstancia será la doctrina que sólo llega a la mente e inflama el orgullo del creyente sin transformar su vida el que permita que la iglesia de Cristo vuelva a resplandecer en medio de este mundo.

Es la obediencia y sólo la obediencia a la Palabra de Dios. En palabras del autor del himno:

 

 “Para andar con Jesús no hay senda mejor que guardar sus mandatos de amor, obedientes a El siempre habremos de ser y tendremos de Cristo el poder. Obedecer, y confiar en Jesús, es la regla marcada para andar en la luz”.

 

 

Doulos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  • #1

    mario alexis mena (sábado, 20 julio 2013 22:27)

    Comentario a "por la senda de la cruz".
    Muy bueno e iluminador, sólo quisiera que se ampliara lo de "tomar tu cruz", pues lo indicado explica lo histórico de la muerte de los mártires, y que implica el riesgo de la propia muerte; pero si implica un cargar la cruz cada día, ¿qué significa "tú cruz"?.

¿Qué necesita hoy la iglesia?

 

 

 

Digno de notar es el hecho de que los Escritos de carácter más bien poético, fueron redactados durante el periodo de esplendor del pueblo de Israel, particularmente en los días de los reyes David y Salomón. Fue en este tiempo, en el desarrollo histórico de Israel, que se escribieron la mayoría de los Salmos, Proverbios, Eclesiastés y el Cantar de los Cantares, exceptuando el libro de Job cuya redacción es mucho más temprana.

Lo notable de este periodo fue que Israel gozaba de su edad de oro. Manifestada, en lo político por la dirección de gobernantes sabios y de piadosa vida, en lo económico por su etapa más fructífera, llegando a expandirse geográficamente como nunca en su historia, en lo social por la justicia y la equidad, en lo moral por una conducta adecuada reflejada en un respeto por la ley de Dios, en términos generales. Todo ello como consecuencia de un “temor reverente” a Dios y su palabra.

Consecuentemente lo que el pueblo requería en ese periodo era algo que apelara a sus sentimientos de gratitud y adoración a Aquel de quien procedía toda buena dádiva y todo don perfecto, tal era el Señor Dios Todopoderoso. Por ello, la mayoría de los Salmos abunda en reconocimiento a la grandeza, bondad, misericordia, majestuosidad, etc, de Dios. Esto despertaba los sentimientos más profundos de gratitud y consiguiente anhelo de adoración al Señor por lo que él era y hacía por los suyos.

 

En contraste, podemos apreciar que los Libros proféticos, en términos generales (puesto que una gran parte de la Biblia abunda en alusiones proféticas), predominaron en los tiempos más difíciles de la vida de Israel. Este fue el periodo histórico comprendido entre la muerte de Salomón y el regreso del remanente del exilio babilónico. En esta etapa se puede apreciar un deterioro sustancial y permanente en la vida del pueblo de Israel. Todo esto marcado en lo político por gobernantes necios e impíos, en su mayoría, en lo económico por la pérdida de la mayoría de los logros de los reinados de David y Salomón, en lo social por la injusticia y el abuso y en lo moral por la perversión conductual. Todo como consecuencia de olvidar a Dios y su palabra mezclándose en un sincretismo nefasto con las naciones circunvecinas, teniendo como sello la más nefanda idolatría. El profeta Isaías hace una cruda descripción de esta triste realidad:

“Oíd, cielos, y escucha tú, tierra; porque habla Jehová: Crié hijos, y los engrandecí, y ellos se rebelaron contra mí. El buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su señor; Israel no entiende, mi pueblo no tiene conocimiento.

¡Oh gente pecadora, pueblo cargado de maldad, generación de malignos, hijos depravados! Dejaron a Jehová, provocaron a ira al Santo de Israel, se volvieron atrás.

¿Por qué querréis ser castigados aun? ¿Todavía os rebelaréis? Toda cabeza está enferma, y todo corazón doliente. Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa sana, sino herida, hinchazón y podrida llaga; no están curadas, ni vendadas, ni suavizadas con aceite.

Vuestra tierra está destruida, vuestras ciudades puestas a fuego, vuestra tierra delante de vosotros comida por extranjeros, y asolada como asolamiento de extraños. Y queda la hija de Sión como enramada en viña, y como cabaña en melonar, como ciudad asolada.

Si Jehová de los ejércitos no nos hubiese dejado un resto pequeño, como Sodoma fuéramos, y semejantes a Gomorra (Is. 1:2-9)

En consecuencia, lo que el pueblo necesitaba entonces era PROFETAS, no poetas. Hombres de Dios que hablaran en nombre de Dios a generaciones perversas y desenfrenadas exhortando al arrepentimiento genuino y a volverse a Dios con todo su corazón, o, de lo contrario, el JUICIO DE DIOS caería sobre ellos. Esto es claramente apreciado en los ministerios de Isaías, Jeremías, Ezequiel y todos y cada uno de los Profetas Menores, antes, durante y después del exilio. Estos HOMBRES DE DIOS dejaban de manifiesto la maldad del pueblo, su corazón impenitente, su formalismo religioso y sin vida y su mundanalidad flagrante. No importaba si era un simple ciudadano o un rey el que practicaba el pecado, todos estaban bajo la ira de Dios.

Estos hombres eran escogidos por Dios para confrontar la maldad de su pueblo. Hombres que no buscaban la popularidad sino la fidelidad, hombres que estaban dispuestos a pagar el precio por proclamar la palabra de Dios a un pueblo que tenía comezón de escuchar a profetas mentirosos que los seducían con palabras lisonjeras y no a los verdaderos profetas de Dios.

 

La pregunta resultante de este análisis y su consiguiente aplicación al día de hoy es ¿Actualmente, se necesitan poetas o profetas? Sin duda que la respuesta a esta pregunta está dada por la condición espiritual del pueblo de Dios, la iglesia (descrita en términos generales), en el día de hoy. Al respecto, se aprecia una realidad bastante parecida al Israel del Antiguo Testamento.

Primero, hay una exagerada tendencia al exitismo, medido este por la captación casi instantánea de grandes multitudes independiente de su real condición espiritual. Claramente el énfasis aquí se pone en la cantidad y no en la calidad. A. W. Tozer en su libro “El Siguiente Capítulo Después del último” hablando al respecto dice “El Cristianismo se está dejando llevar por la plaga de la degradación de los valores. Y ello se deriva de un deseo demasiado anhelante de impresionar, de ganarse una atención pasajera, de aparecer bien en comparación con algún atizador del mundo que parece por un tiempo capturar el oído o la mirada del publico” (pag. 14). Si en los días de Tozer este proceder estaba en ciernes, en la actualidad es una realidad generalizada. El exitismo está dispuesto a usar cualquier arma que sirva a sus propósitos, vengan de donde vengan. Inclusive, si las circunstancias lo ameritan, hasta, diluir, ablandar o simplemente cambiar el mensaje para que sea recibido por el público ávido de escuchar lo que satisfaga sus deseos carnales. Aconsejados por la sicología casi se ha extinguido la enseñanza de la doctrina de la depravación total del hombre, de la realidad del infierno y la necesidad del arrepentimiento. Todo ello derivado de la casi nula atención a la Santidad, la Justicia y la ira de Dios. El argumento que se da es que estas enseñanzas pueden dañar gravemente la autoestima de las personas.

Lo segundo que se aprecia en el cristianismo actual es la implementación del pragmatismo como la filosofía prevalente, particularmente, en los programas y las estrategias de la iglesia. Si algo resulta, aparentemente, es bueno y correcto mantenerlo y propagarlo a través de libros, videos y todas las técnicas de mercadeo posibles. Ello, por supuesto, independiente de si cuenta o no con un sólido respaldo bíblico. Esto trae como consecuencia una serie de modas circunstanciales que tan rápido como aparecen de igual modo desaparecen siendo reemplazas por el descubrimiento e implementación de otras “estrategias” que están causando furor en alguna parte del mundo evangélico. La predicación doctrinal y directa ha sido echada en el baúl de los recuerdos y reemplazada por el drama, la comedia, las luces de colores que parpadean al ritmo de la música, los actos circenses, los recitales de rock y la danza, entre otras muchas cosas. De esta manera el pragmatismo se ha transformado en el mejor instrumento del exitismo. Y los propagandistas de esto se han hecho extraordinariamente ricos y famosos, logrando con creces los antojos de sus corazones.

También el relativismo ha llegado a formar parte de la filosofía de la iglesia actual. La verdad absoluta ya ha quedado en el pasado para los modernos líderes eclesiásticos. Los principios bíblicos ya no son inmutables sino cambiantes y relativos, todo depende del prisma a través del cual se le mira. A este tipo de filosofía se debe el creciente deterioro moral en la vida de la iglesia. Puesto que si todo es interpretable y relativo entonces nada puede realmente ser algo malo de lo cual hay que apartarse. Aquellos que osan defender los principios absolutos son tildados de “fanáticos” o cuadrados (intransigentes), o, simplemente, retrógrados que se han quedado en el pasado. Por lo cual no es extraño encontrar respuestas como estas, cuando se confronta a un líder espiritual con la dicotomía que existe entre su manera de actuar y lo que la Biblia dice, “bueno, la Biblia efectivamente dice eso, pero en la práctica es otra la realidad” dejando, con ello entrever que los estándares de la Biblia no deben ser aplicados como verdades absolutas e inmutables, sino que todo depende de las circunstancias (moral de situación). Es, precisamente, este relativismo el que está socavando la doctrina de la AUTORIDAD Y SUFICIENCIA de las Escrituras. La sola Biblia ya no parece ser la autoridad final en todo asunto de doctrina o práctica, como tampoco suficiente para dar respuesta a cualquier inquietud o necesidad del ser humano. Por lo que hay que complementar o interpretar las afirmaciones de la Biblia de acuerdo a parámetros subjetivos, derivados, en su mayoría, de la sicología humanista.

Esta práctica nefasta da paso a la sicologización de la iglesia. Los principios de Freud, Skinner, Maslow, Roger, Jung, etc. están desplazando a los principios bíblicos en la consejería pastoral o en la enseñanza desde los púlpitos. Probablemente nadie reconocerá esto abiertamente o explicará que no se trata de dejar de lado la Biblia, sino que los “nuevos descubrimientos científicos” pueden ayudar para hacer más efectiva la consejería y la enseñanza bíblica. Esta explicación, evidentemente, demuestra por si sola que para estos modernos líderes espirituales la Biblia no es suficiente. Estos ignoran, conscientemente, lo que la misma Biblia establece respecto de si misma (2 Ti. 3:16). Las librerías cristianas están llenas de libros de consejería y análisis de la personalidad de personajes bíblicos desde la perspectiva de la sicología. Los libros más vendidos son los que apuntan a levantar la autoestima (orgullo) de los creyentes y establecen fórmulas para ser más felices (satisfacer sus egoístas y carnales deseos).

Todas estas tendencias actuales han creado una generación de “creyentes” satisfechos consigo mismos, hedonistas, mundanos y que viven para las cosas de esta tierra, poniendo la mira en este mundo pasajero y cambiante.

 

Ante el panorama ya descrito ¿Qué necesita la iglesia actual? ¿Poetas o profetas? La respuesta es obvia, se requiere de profetas, entendido como aquellos que Dios ha llamado para hablar en su nombre, que confronten valientemente la maldad del pueblo de Dios en la actualidad y hagan un urgente llamado al arrepentimiento. Considerando que el regreso del Señor Jesucristo está a las puertas, son necesarios muchos Juan Bautistas que desnuden la nefasta realidad del supuesto pueblo de Dios y proclamen, con autoridad bíblica, que el arrepentimiento es la mayor necesidad de la iglesia en los tiempos actuales.

Como en los días de los profetas de Israel el Señor denuncia la hipocresía de su pueblo “Dice, pues, el Señor: Porque este pueblo se acerca a mí con su boca, y CON SUS LABIOS ME HONRA, PERO SU CORAZÓN ESTÁ LEJOS DE MÍ…”, en el día de hoy no es diferente. De igual modo, la advertencia y el llamado de Dios debe ser similar al de los tiempos de los profetas “Circuncidaos a Jehová, y quitad el prepucio de vuestro CORAZÓN, varones de Judá y moradores de Jerusalén; no sea que MI IRA salga como fuego, y se encienda y no haya quien la apague, por la maldad de vuestras obras. (Jer. 4:4) y el llamado “Si te volvieres, oh Israel, dice Jehová, vuélvete a mí. Y si quitares de delante de mí tus abominaciones, y no anduvieres de acá para allá, y jurareis: Vive Jehová, EN VERDAD, EN JUICIO Y EN JUSTICIA, entonces las naciones serán benditas en él, y en él se gloriarán” (Jer. 4:1-2).

 

Profetas está llamando hoy el Señor, sumisos a su voluntad que buscan la gloria de Dios y el engrandecimiento de Su obra. Dispuestos a dejarlo todo por ser la voz del Señor en medio de una generación perversa y maligna. Hombres fieles y desinteresados que vivan para, que en todo, sea Dios glorificado.

 

Doulos

 

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    Jorge A Guillen (martes, 23 junio 2009 13:23)

    DIOS LE BENDIGA LE SALUDA JORGE A GUILLEN.
    SOLO QUIERO FELICITARLE POR EL ARTICULO Y MAS GOZO ME DA EL SABER QUE TENEMOS UN REMANENTE DISPUESTO A LUCHAR EN CONTRA DE LA FALSEDAD Y LUCHAR POR LA SANA DOCTRINA NO IMPORTANDO LAS CONSECUENCIAS.

    EL SENOR LE CONTINUE BENDICIENDO SALUDOS DESDE SOUTH LAKE TAHOE CALIFORNIA.
    AT.PASTOR JORGE A

Fidelidad o Popularidad

  

 Una de las máximas en economía es “Las necesidades son ilimitadas y los recursos escasos”. La primera parte de esta frase bien podría describir el corazón humano. Y, lamentablemente, también el anhelo de muchos líderes espirituales que nunca se sacian de reconocimientos y aplausos. Es esta búsqueda la que ha desviado su mirada hacia el mundo y consiguientemente han dejado de ser fieles a Aquel que dicen servir. Curiosamente, la mayor demanda que el Señor hace a sus ministros es, precisamente, que sean FIELES “Se requiere de los administradores, que cada uno sea hallado fiel” (1 Co. 4:2). Si examinamos honestamente la Escritura podemos ver que normalmente la popularidad es enemiga de la fidelidad. El Señor Jesucristo lo sabía muy bien, por ello cuando la multitud lo buscó para hacerlo rey se retiró a un lugar apartado, solo (Jn. 6:15) prefiriendo la comunión con el Padre antes que el reconocimiento de los hombres.

Es la misma actitud que tuvo el gran profeta Jeremías y que lo distinguió notablemente del resto de los “profetas” de su tiempo. En medio de la decadencia espiritual, política, moral y social de Israel, Jeremías se mantuvo fiel a su Señor, a pesar del costo que esto tuvo para él.

Entre el mensaje proclamado por Jeremías y el de los falsos profetas había un abismo de diferencia. El primero denunciaba la maldad del pueblo y el consiguiente juicio de Dios si no se arrepentían. Palabras, estas, nada de populares ni agradables a los oídos de Israel, no obstante veraces porque procedían de Dios. Así, se aprecia en el capítulo 5 una verdadera descripción de la real condición del pueblo de Israel y la inminente ira de Dios que se derramaría sobre dicho pueblo rebelde si no se arrepentía. Pero ¿Cómo reaccionó Israel ante este mensaje?, “Así dijo Jehová: Paraos en los caminos, y mirad, y preguntad por las sendas antiguas, cuál sea el buen camino, y andad por él, y hallaréis descanso para vuestra alma. Más dijeron: No andaremos. Puse también sobre vosotros atalayas, que dijesen: Escuchad al sonido de la trompeta. Y dijeron ellos: No escucharemos (Jer. 6:16, 17). Así reaccionó Israel ante la veraz Palabra de Dios. Y ante el siervo del Señor, el instrumento que Dios había enviado con su mensaje, esta fue su reacción, “Y dijeron: Venid y maquinemos contra Jeremías; porque la ley no faltará al sacerdote, ni el consejo al sabio, ni la palabra al profeta. Venid e hirámoslo de lengua, y no atendamos a ninguna de sus palabras (Jer. 18:18) “… Denunciad, denunciémosle. Todos mis amigos miraban si claudicaría. Quizá se engañará, decían, y prevaleceremos contra él, y tomaremos de él nuestra venganza. (Jer. 20:10) “Porque aun tus hermanos y la casa de tu padre, aun ellos se levantaron contra ti, aun ellos dieron grito en pos de ti…” (Jer. 12:6). Vemos como, partiendo de la familia, siguiendo por sus amigos y terminando con el pueblo en general, todos aborrecían al profeta de Dios. Este es el costo de ser fiel al Señor y su palabra. Como se aprecia, la impopularidad es el pago de aquellos que optan por la fidelidad.

Al contrario, aquellos profetas que transmitían un mensaje “positivo”, humanista y adulador, eran muy bien recibidos por el pueblo. Estos se caracterizaban por su carnalidad; buscaban alimentar los deseos de la gente desviándoles de la palabra de Dios y de su evidente necesidad de arrepentimiento “… Fortalecían las manos de los malos, para que ninguno se convirtiese de su maldad…” (Jer. 23:14). También por su egocentrismo; puesto que ponen su mirada en ellos mismos y sus propios intereses egoístas y no en Dios y su voluntad “…hablan visión de su propio corazón, no de la boca de Jehová.” (Jer. 23:16). De igual manera el populismo es otra de las características de estos seudo líderes espirituales. Diluyen, ablandan y distorsionan el mensaje para hacerlo grato a los oídos de la gente con la finalidad de recibir su aprobación “… Os alimentan con vanas esperanzas…” (Jer. 23:16). Y, la inconsecuencia era el sello de estos hombres. Su vida diaria manifestaba la real condición de sus corazones “… Cometían adulterios, y andaban en mentiras…” (Jer. 23:14). Estos falsos profetas eran apreciados por el pueblo, aplaudidos y recibidos sus mensajes como adecuados y veraces. Optaron por la popularidad y abandonaron la fidelidad. Sin embargo, Dios tenía otra visión y otra opinión respecto de ellos “Por tanto, su camino será como resbaladeros en la oscuridad; serán empujados, y caerán en él; porque yo traeré mal sobre ellos en el año de su castigo, dice Jehová… He aquí yo les hago comer ajenjo, y les haré beber agua de hiel; porque de los profetas de Jerusalén salió la hipocresía sobre toda la tierra”  (Jer. 23:12, 15).

 

Lo que ocurre en la actualidad no es muy diferente a lo acontecido en los días de Jeremías. La mayoría de la gente está dispuesta a aplaudir y vitorear a todo aquel que traiga un mensaje optimista, humanista, mundano y carnal. A pocos le importa si dicho mensaje tiene o no un sólido fundamento bíblico, y si, consiguientemente, es la verdadera voluntad de Dios para su vida.

Movidos por la demanda cada vez más evidente de este tipo de mensajes, los supuestos líderes espirituales están ofreciendo precisamente lo que esta ávida multitud está deseando. Como se puede apreciar, las reglas de la oferta y la demanda, propias de la economía de mercado, son las que están moviendo a “la iglesia” en estos días y no los sólidos y eternos principios bíblicos.

Por ello, no es de extrañar que lo más importante para la mayoría de los líderes de hoy sea la frenética búsqueda de estrategias y el desarrollo de programas basados en la sicología y en los principios propios de la Bolsa de Valores y no en la Biblia. La Verdad ha sido vendida al mejor postor en el mercado del iglecrecimiento y los programas de autoayuda. Esto está demostrado por los slogan de “grandes ministerios” a nivel mundial; “Descubre al Campeón que hay en ti” o de la proliferación de libros que llenan los estantes de las librerías cristianas tales como; “Tu Mejor Vida Ahora”. ¿Cuál campeón? ¿Aquel cuyos pensamientos son de continuo solamente el mal? (Gn. 6:5) o los que habiendo conocido a Dios no le glorificaron como a Dios ni le dieron gracias (Ro. 1:21) o, quizás, los descritos en Romanos 3. ¿A quién están siguiendo los que dicen que el creyente ha de vivir su mejor vida ahora? Porque si estudian la vida de Jesucristo se darán cuenta que él no tuvo donde recostar su cabeza y que su vida estuvo marcada por el desprecio, la incomprensión y el rechazo (Is. 53:2-3). O, puede ser que intenten encontrar a alguno de sus seguidores “viviendo su mejor vida aquí en la tierra”. Escuchemos a Pablo, el gran apóstol de los gentiles, “Porque hermanos, no queremos que ignoréis acerca de nuestra tribulación que nos sobrevino en Asia; Pues fuimos abrumados sobremanera más allá de nuestras fuerzas, de tal modo que aun perdimos la esperanza de conservar la vida… Que estamos atribulados en todo, más no angustiados; en apuros, más no desesperados, perseguidos, más no desamparados; derribados, pero no destruidos; llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús…” (2 Co. 1:8; 4: 8-10). Es difícil imaginar a Pablo intentando descubrir “al campeón que había en él” o buscando la satisfacción a sus propios deseos. De igual modo es bueno detenerse un poco y escuchar a Jesús respecto a lo que demandaba de sus seguidores; “Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun su propia vida, NO PUEDE SER MI DISCÍPULO”. Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, NO PUEDE SER MI DISCÍPULO… Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, NO PUEDE SER MI DISCÍPULO (Lc. 14:26, 27, 33). Este es el verdadero cristianismo, una entrega total, sin condiciones, al Señor Jesucristo. ¿Dónde queda la autoestima con estas demandas? En el suelo, hecha pedazos. ¡Que bien que conoce el corazón humano el Señor Jesucristo! El amor a uno mismo es el mayor problema del hombre, el orgullo y el egoísmo son propios de la naturaleza caída y manifiestan la corrupción total del ser humano. Para que Cristo reine sobre la vida de la persona es necesario, primero, quitar el ídolo “yo” de su trono.

Sin embargo, es difícil que este mensaje esté en la predicación de los modernos predicadores del exitismo, la autoestima, el materialismo y el humanismo. Lo que hacen es, precisamente, todo lo contrario de la voluntad de Dios. Al igual que los falsos profetas de los tiempos de jeremías alimentan al pueblo con vanas esperanzas. Hablan según los deseos de su propio corazón y reciben como retribución el reconocimiento, la aceptación y la “generosa contribución” de sus satisfechos oyentes.

Lamentablemente, este tipo de liderazgo se ha masificado. No sólo lo podemos ver en los grandes “ministerios” de la televisión Norteamericana, sino también en nuestras propias iglesias locales. Cada vez es más evidente como los pastores se acomodan, sutilmente, a los deseos de la gente. Esto les permite vivir una vida tranquila y evitar el rechazo. Bien dice Pablo a Timoteo “Y también todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús PADECERÁN PERSECUCIÓN (2 ti. 3:12). Me pregunto ¿Por qué no padecemos persecución? La respuesta es obvia, porque no estamos viviendo piadosamente en Cristo. No se está procurando vivir de acuerdo a las justas demandas de Dios, ni buscando ser fieles a su palabra. Me entristece ver como cuando se predica a los líderes acerca de esta realidad, no hay ninguna reacción, más bien la conciencia parece estar cauterizada puesto que siguen llevando sus ministerios por la misma senda.

El Apóstol Pablo escribe a los Tesalonicenses, al respecto “Porque nuestra exhortación no procedió de error ni de impureza, ni fue por engaño, sino que según fuimos aprobados por Dios para que se nos confiase el evangelio, así hablamos; no como para AGRADAR A LOS HOMBRES, sino A DIOS, que prueba nuestros corazones. Porque nunca usamos de palabras lisonjeras, como sabéis, ni encubrimos avaricia, Dios es testigo; NI BUSCAMOS GLORIA DE LOS HOMBRES;  ni de vosotros, ni de otros…” (1 Ts. 2:3-6). Esto es procurar ser fieles al llamamiento del Señor y no buscar la aceptación de los hombres.

La iglesia de Cristo necesita hombres como Jeremías. Que amen a Dios sobre todas las cosas. Que renuncien a sus propias vidas y estén dispuestos a ser rechazados hasta por su propia familia con el fin de ser fieles al que los salvó y llamó con llamamiento santo. Hombres apasionados por Cristo, llenos del Espíritu Santo, con convicciones firmes, que no puedan dejar de proclamar la verdad, aun a pesar de ellos mismos. Hombres que digan como Jeremías “Me sedujiste, oh Jehová, y fui seducido; más fuerte fuiste que yo, y me venciste (consagración); cada día he sido escarnecido, cada cual se burla de mí. (impopularidad y rechazo) Porque cuantas veces hablo, doy voces, grito: violencia y destrucción; porque la palabra de Jehová me ha sido para afrenta y escarnio cada día.

Y dije: no me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre; no obstante, HABÍA EN MI CORAZÓN COMO UN FUEGO ARDIENTE METIDO EN MIS HUESOS; traté de sufrirlo, y no pude.” (Jer. 20:7-9). Que parecidas a las palabras de los fieles apóstoles de Cristo registradas en el libro de los Hechos “Porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído (Hch. 4:20). Ni el mismo infierno puede acallar a aquellos que disponen su vida para servir a su bendito Señor, ni siquiera ellos mismos pueden hacerlo.

Sin duda habrá que pagar un precio, pero siempre será mejor buscar las cosas de arriba no las de la tierra, hacer tesoros en el cielo, no en la tierra, y vivir por las cosas eternas.

El aplauso y la adulación de los hombres son efímeros. Como la niebla de la mañana pronto se disipan y desaparecen, pero los que hacen la voluntad de Dios permanecen para siempre.

Sea este el sentir de cada uno de los que hemos sido llamados a servir a nuestro Glorioso Salvador, “Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe” (Jn. 3:30). Y cuando terminen nuestros días en esta tierra podamos escuchar esas preciosas palabras de labios de Aquel que murió y resucitó por nosotros:

 

“Bien, buen siervo y FIEL; sobre poco has sido FIEL, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu Señor

Mateo 25:21

 

Doulos

 

 

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EL PODER DE LA PALABRA DE DIOS

"Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón" Hebreos 4:12

La palabra de Dios es viva porque es la expresión del Dios vivo y verdadero. De aquel que dijo "yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto; más he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén" (Ap. 1:17,18). El mismo que frente a la realidad de la muerte exclama con toda autoridad "Yo soy la resurrección y la vida; EL QUE CREE EN MÍ, aunque esté muerto, VIVIRÁ" (Jn. 11:25). Fue también el mismo que ordenó "Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí".

 

La única forma de tener una relación personal y profunda con el Señor Jesucristo y disfrutar así de una vida con sentido, significado y propósito es por medio de su Revelación Escrita, la Palabra de Dios.

 

En consecuencia, todo aquel que carece de una relación significativa y trascendente encontrará en Jesucristo la razón de su existencia. Y todo aquel que ya tiene una relación vital con el Bendito Hijo de Dios descubrirá que:

El conocimiento de Cristo cautivará su mente, Su amor incondicional, su corazón, y Su obra perfecta, su voluntad.

 

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    ciapan (miércoles, 24 junio 2009 23:52)

    HOLA BENDICIONES